Toda la
determinación de que había hecho acopio en las tres últimas semanas se
desvaneció en cuanto el andén de la estación pareció adquirir vida propia y
dejarlo atrás, abandonado de nuevo a su suerte, abandonado de nuevo a su angustia.
Su única compañía, aunque fría y asoladora, era aquella maleta de piel tupida,
de la cual cuyos grabados se le antojaban en forma de mirada atenta y vigilante.
Evidentemente, eso le recordaba que, por mucho que aparentara, su corazón no
encontraba sosiego alguno.
El
último verano sería uno que nunca podría olvidar y la respuesta a si podría
superarlo se encontraba en aquella maleta inexpresiva que quería hacerle
contraste con el continuo cambio de su mirada, ausente y oscura cuando la
depositaba en la ventana del vagón y brillante y nerviosa cuando miraba de
reojo los cierres del maletín. Sabía que no podría abrirlo hasta que llegara a
su destino y, por una parte, se sentía culpable; él pensando en sus estúpidos
amoríos mientras iba al funeral de uno de los amigos que más había admirado.
Pensó que la vida no era justa, él, infeliz y al cual la idea del suicidio
acosaba constantemente sus pensamientos, estaba vivo y sano; mientras que su
buen amigo, con un hijo y una esposa a los que amar y proteger simplemente
recibió el aleatorio mordisco del cáncer y a los pocos meses, falleció.
Definitivamente,
tiempos oscuros rondaban en su vida y solo podía encontrar consuelo en aquello
que mejor sabía hacer: actuar. “Al mal tiempo buena cara” solía decir su madre,
y ese dicho se convirtió en una piedra angular de su vida y, podría decirse
incluso, que gracias a ella había conseguido sobrevivir. Su jocosidad y su
falsa alegría disipaban la pena de los corazones ajenos, aunque nunca podía con
la suya… tal vez, aquella ya era demasiado profunda. Solo tenía que abrir esa
maleta y vería si resurgía del abismo o se hundía por completo en aquella
confusa y oscura ciénaga que habitaba su corazón.
Empezó a
recordar todas sus desastrosas experiencias en la vida y en el amor, y en cómo
cuando tu corazón olvida, la realidad vuelve cuando menos te lo esperas para
recordar ese dolor. La esperanza era lo que lo mantenía sujeto por un fino hilo
de seda, pero también era la que le hizo pasar por aquel puente de aspecto
inviable y desastroso con aquel hilo como protección, un puente que auguraba
promesas llamado “amor”. Una vez le dijeron que la locura consistía en vivir lo
mismo una y otra vez pero pensando que “esa vez en particular” sería diferente,
lo cual era imposible y el círculo se
cerraba. Un eterno retorno, sí, pero con esperanza de cambio; cruzar el puente
una y otra vez, y caer para siempre.
Lo bueno
es que, por una vez, la vida parecía sonreírle; aquella que de forma tan
misteriosa desapareció tendría que volver para cumplir la sagrada promesa del
reencuentro que pactaron bajo el sofocante sol del verano, recostados en la
arena, donde se juraron amor eterno y que siempre volverían a aquella estación
en la que se conocieron y en la cual él quedó impactado por su sonrisa, sus
ojos, su elegancia, su estridente risa angelical, su voz melodiosa, la armonía
de su cuerpo y….. Estaba claro, tenía que volver a verla, todos esos momentos
no podían esfumarse en el aire fácilmente.
El
silbato del tren lo sacó de sus ensoñaciones. Se levantó y cogió el liviano
maletín y se dirigió a la salida del tren; una sacudida, una multitud deseosa
de ver a sus seres queridos, un mar de besos y abrazos, un frío otoñal
camuflado entre el calor corporal que emanaban, excepto para él. Siguió andando
y no la encontró. Se sentó en un banco y abrió el maletín: solo había una nota
que decía “El momento más oscuro de la noche es el que precede al amanecer”. El
último deseo de su amigo en vida había sido que él mejorara la suya, “Ojalá
fuera tan fácil olvidar la oscuridad cuando ésta no te deja descansar” pensó
él.
Esperó
en aquella estación fría y, como por designio divino, la vio en la lejanía. Se
quedó petrificado ante su presencia y observó cómo pasaba junto a él con un
hombre de paso elegante y ropa de crédito. Levantó la mano y sonrió como ya
tenía ensayado y ella le miró, sus miradas se cruzaron un instante y luego
desapareció. Su mano cayó lentamente, al mismo tiempo que se hundía en la
ciénaga una vez más.
Una
mujer se sentó a su lado, la hermana de
su difunto amigo. Conversaron y recordaron buenos tiempos y juntos
fueron al funeral. De nuevo surgió el amor, el otoño había llegado, por fin era
libre, pensó él.
“Esta
vez sería diferente”.